Cuenta Javier Reverte en su libro ‘El Río de la Luz’, la historia de la fiebre del oro desatada a finales del siglo XIX en la región del Yukón (Canadá). Las noticias de la aparición de depósitos aluviales de oro en los arroyos tributarios del Klondike corrieron como la pólvora a través de los precarios medios de comunicación de la época. Decenas de miles de personas de todas partes del mundo se lanzaron a la búsqueda de la riqueza inmediata en aquel rincón del planeta. En una tierra prácticamente despoblada, el sistema era tan sencillo como registrar una parcela disponible por una licencia a un mínimo coste y empezar a buscar en el río.

He recordado esta historia que leí hace algunos a medida que ya no se puede pasar un día sin escuchar “revolución digital”. La idea de que sólo con tu arrojo y unos mínimos conocimientos de programación tienes a tu disposición un mundo de big data (“¡¡ el oro del siglo XXI !!” ) en el que hacerte millonario me hace pensar eso de ¿dónde habré escuchado yo eso antes?

En primer lugar por el propio concepto de revolución digital. Tengo un vago recuerdo de acompañar a mi abuela Antonina a retirar efectivo de la caja de ahorros. Toño Vega (q.e.p.d.) realizaba con exquisita caligrafía los apuntes de su puño y letra en la cartilla. Toda mi relación con la banca a partir de poco después ya estuvo intermediada por máquinas con circuitos electrónicos dentro. Saqué mi primer billete de autobús por internet en 1999 y ya por aquel entonces existían populares canales de chat para hablar con gente al otro lado del mundo. ¿Qué es lo realmente revolucionario de estos últimos cinco años? ¿De qué hablamos cuando hablamos de “lo digital” si la gestión de la información automatizada ya estaba fuertemente implantada a finales de los 90?

No quiero minimizar el impacto de los avances que se han producido recientemente: la automatización de cada vez más procesos productivos, la hiperconectividad, los avances biomédicos, la inteligencia artificial o los conocimientos del funcionamiento del cerebro humano son novedades importantes que traerán cambios que apenas podemos prever. Tampoco ignoro el tremendo negocio que algunos hacen con nuestros datos personales. Pero la inmensa mayoría de las cosas que hoy nos hacen la vida más fácil ya eran posibles con Windows 95. Y la inmensa mayoría de las novedades que vemos aparecer son mero entretenimiento. Como dice el periodista Jorge Dioni en este excelente artículo:

Existe la curiosa idea de que la historia ha experimentado una aceleración en las últimas décadas. Todo va muy rápido, se dice, pero es algo complicado de sostener si uno compara los primeros diecisiete años del XXI con los del XX o incluso del XIX o del XVIII. En esos períodos, hubo grandes guerras y revoluciones, nacieron países, se probaron modelos de gobierno innovadores, se difundieron las teorías científicas en las que se basa nuestro pensamiento, se extendió el modelo económico que tenemos, etc.

Comparado con los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del siglo XXI está siendo bastante aburrido. Hay ruido, mucho y todos los días, pero ese es un problema de percepción. En realidad, no pasa nada, salvo el inicio de una revolución industrial cuyo desarrollo no veremos. Acabamos de inventar la imprenta.

Cada vez que escucho las historias de tesoros (Robotrading, Bitcoin…) escondidos y fáciles de obtener para los que de verdad tengan la voluntad de hacerlo, me agarro la cartera.

Para acceder a la región del Klondike, la Real Policía Montada de Canadá efectuaba un estricto control del equipo obligatorio que todo aventurero debía llevar consigo. El peso total superaba los 500kg e incluía comida, ropa y equipamiento que asegurase la supervivencia durante el duro invierno. El coste de todos esos suministros en un lugar tan remoto ascendía a todos los ahorros y casi toda la deuda que los buscadores pudieran incurrir. Citando de nuevo a Reverte:

Berton calcula en su libro sobre el Gold Rush que unas cien mil personas
emprendieron ruta hacia el Klondike cuando se hizo público el descubrimiento del
oro. De ellas, entre treinta y cuarenta mil alcanzaron Dawson. La mitad, unas veinte
mil, dedicaron sus esfuerzos a buscar oro, y tan sólo unos cuantos cientos encontraron
suficiente para hacerse ricos. Pero la mayoría de ellos, entre otros el famoso «Sueco
Afortunado», se arruinaron a los pocos años

Los que realmente se forraron con semejante movimiento de personal fueron los proveedores de todos los suministros necesarios para los buscadores de oro. Ese fue, en última instancia, el verdadero negocio de la fiebre del oro.

Ahora piensen ustedes en esta revolución digital que tenemos ante nosotros: ¿Cuantas profesionales como Mark Zuckerberg o Jack Ma conocen ustedes? Por otro lado, ¿a cuantos escritores, divulgadores, consultores, conferenciantes o visionarios a jornada completa se han encontrado en estos años explicándonos cómo la revolución digital va a cambiar nuestras vidas?