Siguiendo la recomendación del profesor Santiago Niño Becerra, aproveché las vacaciones del pasado verano (2014) para “El fin del trabajo”, un ensayo del economista norteamericano Jeremy Rifkin en el año 1995.

A lo largo de sus varios cientos de páginas el autor va haciendo un repaso de los más diversos sectores económicos (agricultura, industria, hostelería, medicina, biotecnología, música, automóvil, finanzas…) para detalla cómo en cada uno de ellos se está desarrollando un grado de automatización tan extremo que la necesidad de mano de obra de cualquier tipo se está reduciendo de forma drástica y en un espacio de tiempo muy corto.

Esto fue dicho el mismo año en que vio la luz Windows 95. Por malos que hayan seguido siendo los productos de Microsoft hemos de reconocer que desde entonces han avanzado lo suficiente para que los pantallazos azules vayan formando parte de un lejano y cómico pasado. El smartphone o el diagnóstico de enfermedades por estudio del ADN es algo que difícilmente nos podíamos imaginar la mayoría en aquel momento. Y sin embargo la tecnología ha seguido progresando exponencialmente en estos 20 años.

También mejora la productividad gracias a las mejoras de los procesos, la comunicación, la unificación de las metodologías (ese es mi negocio). La tendencia no es sino optimizar, optimizar y optimizar.

Es cierto que aparecen nuevos sectores con capacidad para emplear a nuevos trabajadores. Pero la cantidad de población necesaria para cubir esos puestos es muy poca, sobre todo comparada con la que se ve obligada a abandonar los sectores mayoritarios. Además, los nuevos (escasos) trabajos requieren de una cualificación muy alta.

La tesis del profesor Rifkin es, en definitiva, que la mejora de la productividad está reduciendo drasticamente la necesidad de mano de obra en prácticamente todos los sectores a la vez. Si bien en cambios similares en el pasado (Revolución Industrial) esto llevó al nacimiento de otros sectores donde la mano de obra empezó a ser necesaria, esta vez no será así.

En nuestra sociedad tenemos totalmente arraigado el concepto de que los ingresos deben llegarnos fundamentalmente a través del empleo o de los derechos generados por el empleo en el pasado (como por ejemplo las pensiones de jubiliación o invalidez). ¿Qué ocurre entonces cuando una gran parte de la población es apartada del empleo simplemente porque ya no hacen falta sus brazos?

La última parte del libro intenta responder a la pregunta ¿cómo podemos hacer que la mejora de la productividad beneficie al conjunto de la sociedad y no sólo a quienes se quedan dentro del sistema económico productivo?

Las respuestas del profesor Rifkin tienen mucho que ver con el rediseño de la semana laboral y la creación de un nuevo contrato social para potenciar las organizaciones no gubernamentales y las asociaciones, lugares donde puedan ocupar su talento todas las personas que quedan apartadas del mercado laboral. Poder subsistir como “outsider” requiriría entonces un ingreso garantizado (similar a la Renta Básica). El Estado tendría que pilotar este cambio.

He de decir que soy pesimista sobre las soluciones que propone el autor. El esfuerzo de coordinación que requiere este cambio es simplemente descomunal. Y en España (año 2015) no somos capaces ni siquiera en ponernos de acuerdo sobre unos horarios de trabajo razonables para la mayoría de las profesiones (aún existen las dos horas para comer).

Pero también es cierto que con coordinación o sin ella el ajuste se producirá, ya que la alternativa es que las empresas mantengan en sus nóminas a empleados cuyo trabajo no es necesario. Y en un entorno competitivo es bastante obvio cómo le va a ir a la empresa así actúe.

Desde la perspectiva personal, la respuesta parece bastante simple: luchar por estar entre esa minoría de hipercualificados que tienen más probabilidades de quedarse dentro. Pero ni todos partimos de las mismas condiciones para tener posibilidades de estar en esa minoría, ni tampoco las mismas capacidades.

Lo que si tenemos todos los humanos es el mismo valor como personas, y el mismo derecho a tener una vida digna. La respuesta a este dilema es por tanto política y políticamente debe resolverse. Claro que en un mundo globalizado vale de poco lo que uno u otro país haga por su cuenta. Pero si podemos ponernos de acuerdo en los protocolos de comunicación telefónica o en el sistema de clasificación para la fase final del mundial de fútbol, ¿por qué no podríamos ponernos de acuerdo en cómo defender la dignidad de las personas más allá de la necesidad de su trabajo en cada economía?

Mi paisano Pachín (un auténtico sabio de Noceda), cruzó el Atlántico para trabajar a principios del siglo XX en la construcción del canal de Panamá. Decía que no entendía por qué se afanaban tanto en trabajar los otros obreros, que si por él fuera habría canal para años y años. La excavadora que hace hoy su trabajo y el de otros 100 como él no se pregunta nada.