Abuela AntoninaMi abuela Antonina nació en 1909. Recuerdo que de pequeño iba a verla por las tardes a su casa del Callejón las tardes de invierno que anochecía pronto. Cerca de la cocina de carbón me decía los años de nacimiento de sus ocho hijos para que mediante sumas y restas averiguara sus edades. También me contaba historias. Hay una que guardo con especial cariño: aquella en la que me contaba que el bisabuelo Abelardo ganaba “dos pesetas rubias cavando las viñas de sol a sol“. Esa fue la propina que le dio al chófer del primer coche que llegó a Noceda en 1929, lleno de emoción ante la presencia en su pueblo del invento que lo cambiaría todo en el futuro.

Cada vez que me encuentro ante alguna de las contradicciones que aparece en cualquier trabajo que dependa principalmente del conocimiento pienso en mi bisabuelo (al que no conocí) y en las dos pesetas rubias por jornada de azada arriba y abajo. Imagino al project manager al cargo de la operación en las viñas de La Solana. Tantos cavadores, tantas hileras, tantas horas por delante. Habiendo visto el trabajo una sola vez no parece ya muy difícil estimar la siguiente. No debía ser muy complicado diferenciar el nivel de rendimiento de cada trabajador en comparación con los demás. El esquema de incentivos a la productividad tampoco parece difícil de definir.

Era una época de escasez, donde la tracción animal y el motor a caldo eran las principales fuentes de energía. Visto desde la era de las impresoras 3D parece que pasó hace mucho tiempo, pero en términos de evolución psicológica estamos hablando de ayer por la mañana.

El trabajo manual en condiciones tan difíciles generó una relación de los humanos con el trabajo que yo denomino la ética del azadón. Se puede resumir como esa expectativa de que dos hombres azadón en mano cavarán una viña en la mitad de tiempo que lo haría uno solo. Y luego aplicar esa lógica a cualquier tipo de trabajo o actividad.

Un ejemplo de la aplicación de la ética del azadón a inicios del siglo XXI es la pregunta que me hizo un jefe en mi primer año de trabajo como programador: ¿Cuántas líneas de código picas al día? Esa misma lógica que lleva a reconocer la actitud de un equipo que “trabaja mucho” aunque sus resultados sean muy pobres o a valorar a un profesional por las muchas horas que trabaja.

Cuando el trabajo a realizar es absolutamente evidente y los resultados son lineales respecto al esfuerzo, ser muy trabajador es sin duda una gran virtud. Pero cuando la labor que realizas implica conocimiento de áreas diversas, relación con otras personas, colisión entre los objetivos de corto y largo plazo o conflictos entre los participantes de la tarea, el mero hecho de trabajar mucho puede llegar a ser tan útil como no trabajar absolutamente nada.

Si el trabajo que se realiza no sirve para alcanzar los objetivos de la organización entonces es probable que no hacer nada sea la mejor de las opciones. Pero definir los objetivos ya es un trabajo en sí mismo. No hace falta ser miembro del comité de dirección de la compañía. Todos tenemos que definir nuestros objetivos en nuestro ámbito de influencia y tenemos que evaluar si están alineados con los planes de más alto nivel en los que está embarcada la organización. Conseguir esto requiere de reflexión, comunicación con los demás y evaluación continua sobre los resultados de las decisiones que tomamos. Actitudes éstas, que vistas bajo la óptica de la ética del azadón pueden parecer incluso frívolas.

No me malinterpreten, no desprecio ni mucho menos la necesidad del esfuerzo. Casi nada de lo que se consigue sin esfuerzo tiene demasiado valor. Simplemente quiero señalar que prescindir del remero más trabajador de la trainera mejora mucho la productividad si lo que está haciendo el susodicho es remar en la dirección contraria a todos los demás.

Hoy en día los trabajos cuya ejecución es muy evidente los realizan las máquinas. Las viñas, por ejemplo, las aran los tractores. Sin embargo aún persiste la ética del trabajo desarrollada en aquel mundo tan diferente al actual.

Hay una generación de directivos (tanto en el sector privado como en el público) para quien la ética del azadón sigue siendo su guía a la hora de definir a los profesionales que quiere a su lado. Se les identifica por poner mucho más el foco en cuánto tiempo se trabaja que en los resultados que se obtienen. Con los esquemas de retribución pasa algo parecido, se contabilizan las horas extras independientemente de lo que se haga en esas horas.

La sociedad en general tampoco ha abandonado la ética del trabajo de la época de mi bisabuelo. Por poner un ejemplo, en España se critica de forma recurrente a los miembros del Parlamento cuando no están presentes en las sesiones. Aparecen todos esas sillas vacías en los informativos. Sin embargo nunca vemos críticas por la efectividad (o falta de ella) de las decisiones concretas que allí se toman. De hecho ni si quiera existen mecanismos para medir la efectividad de tales decisiones y eso nos importa mucho menos que comprobar en la televisión que existe un culo pegado a cada silla todo el tiempo que dura la sesión plenaria.

Si queremos organizaciones productivas, que compitan en un entorno global y que nos ayuden a generar riqueza para nuestra economía, más nos vale trabajar en la definición de una ética los resultados.

Hoy nos queda reconocer el pasado, mirando atrás con orgullo a esa generación que salió adelante de grandes adversidades gracias a una ética del trabajo que sirvió para ellos pero que se ha convertido en una rémora para nosotros.