He seguido con mucho interés la evolucion del caso Taula, la operación policial contra la corrupción en la Diputación y el Ayuntamiento de Valencia. Día a día se han ido publicando irregularidades, imputados, detenidos, declaraciones en el cuartel de la Guardia Civil, ante el juez…

Todos los concejales y asesores del partido que gobernaba hasta mayo de 2015 en el Ayuntamiento han sido imputados de un delito de blanqueo de capitales relacionado con la financiación del partido. Todos menos su jefa. La exalcaldesa de Valencia Rita Barberá es intocable en esta investigación. Su condición de senadora hace que sólo el Tribunal Supremo pueda encausarla por cualquier delito, por lo que su suerte judicial a corto plazo está fuera del debate.

A partir de aquí los titulares se han centrado en si sabía o no sabía los manejos por los cuales estas personas se ven ahora ante la Justicia. Esto es lo que más me ha sorprendido del caso porque, personalemente, lo que supiera o no la exalcaldesa sobre los hechos que ahora se investigan me parece bastante irrelevante.

Rita Barberá era la líder de este grupo de personas. Si opina que están siendo acusadas injustamente tendría que salir a defenderlos públicamente. Si opina que las acusaciones pueden ser ciertas tendría que asumir públicamente la responsabilidad por haber dirigido a ese grupo de personas mientras cometían los actos que ahora se le imputan. Todo esto independientemente de su responsabilidad penal a nivel personal.

El no hacer ninguna de las dos cosas no refleja más que una vergonzosa cobardía y un lamentable ejemplo de la peor forma de ejercer el liderazgo: dar la cara ante el público para recibir las flores pero no los tomatazos.

Un principio fundamental del liderazgo es que cuando las cosas marchan bien es el equipo el merece todo el crédito por ello. Y cuando hay problemas es el líder el primero que debe dar la cara por el equipo completo y asumir las consecuencias en primer lugar. Culpar a los subordinados o abandonarlos a su suerte para salvarse uno mismo es una actitud inaceptable para ningún líder que merezca tal nombre. Por eso es en la ley del mar es el capitán el último que abandonar el barco: no se le reserva el único bote salvavidas antinaufragios capaz de llegar al puerto seguro del Senado.

Si España se encuentra en la situación que está, si estamos de nuevo camino a la pobreza de la que hace nada salimos, es en gran medida por los mecanismos que nuestra sociedad tiene para elegir a sus líderes. No me refiero sólo a los líderes políticos, era sólo un ejemplo. Seguro que todos podemos describir experiencias similares en nuestra vida laboral.

En las cuatro o cinco temporadas que he estado trabajando en el extranjero me he dado cuenta de que los españoles no somos en absoluto menos aplicados o productivos, pero en nuestro sistema de promociones el abolengo sigue pesando más que la eficacia en la gestión, incluso en un sistema democrático con elecciones regulares. No hay que olvidar que los ahora defenestrados fueron aupados por millones de votos a lo largo varios lustros.

Dios, que buen vasallo si oviesse buen Señor” decía el Cantar del Mio Cid, conquistador de Valencia para más señas.

¿Tendrá cura esta enfermedad? Más nos vale que pronto la encontremos o el mundo tan competitivo que ya está aquí nos dejará de nuevo en la irrelevancia.