Gracias a Invictus, la película dirigida por Clint Eastwood, casi todo el mundo conoce la historia de cómo Nelson Mandela llegó a ser presidente de Sudáfrica y gestionar el fin del régimen del apartheid. Menos conocido es el hecho de que el guión de la película está basada en el libro que John Carlin, Playing the Enemy (traducido al castellano como El factor humano) que cuenta la historia desde su perspectiva como corresponsal de The Independent en Sudáfrica.

Me encontré con la historia por primera vez en el verano de 2009 y me llevé el libro para las vacaciones. Me lo acabé en menos de 24 horas. No lo he vuelto a leer desde entonces y creo que podría citar pasajes de memora. Hasta ese punto me enganchó la historia.

Como define muy bien Carlin, Mandela tuvo una inteligencia política que está 500 años por delante de cualquier líder político que tengamos en el presente en cualquier institución de este planeta. Hay cientos de cosas a destacar sobre su vida, pero he querido destacar una escena de la película que creo que resume muchas de sus virtudes. Me ha parecido increíble que sólo hubiera una copia del fragmento en Youtube y además de mala calidad, por lo que lo he subido yo mismo. Vean y comentamos.

Nelson Mandela pasa en la cárcel 27 años. Durante los últimos años de su encierro entabla negociaciones secretas con sus captores para promover un cambio que termine con el apartheid. Se convocan unas elecciones a las que se presenta como líder del Congreso Nacional Africano y las gana convirtiéndose en presidente. No estamos hablando de un vuelco electoral en el que los contendientes se han dicho de todo (que también). Estamos hablando de la sustitución de un gobierno que obligaba a la población a mear en baños públicos diferenciados según el color de la piel. Sería difícil encontrar entre los funcionarios de la oficina del antiguo presidente a alguien que hubiese votado por Mandela.

Al tomar posesión, se encuentra con que todos están empaquetando para largarse y ¿cual es su reacción? Un discurso capaz de mover a las piedras que se resume en las siguientes ideas:

  • Buenos días (en vuestro idioma, que para eso me molesté en aprenderlo en la cárcel)
  • Soy el nuevo líder.
  • Si creéis que no podéis trabajar conmigo, lo mejor es que os vayáis.
  • Si creéis que yo no quiero trabajar con vosotros por quién era antes vuestro jefe, estáis equivocados.
  • Si estáis aquí seguro que es porque hacéis un gran trabajo. Yo quiero que trabajéis para mí.

Mi primera impresión al observar el discurso es alabar la humanidad de Mandela, pensar en términos de «perdón». Pero hay una segunda visión todavía mucho más profunda. El objetivo no es llegar a ser presidente. El objetivo es poner a funcionar un país que tiene gravísimos problemas. Con el mejor de los equipos, trabajando durísimo y teniendo mucha suerte va a ser muy complicado tener éxito en esa misión. ¿Hay una peor forma de empezar que eliminar de sus puestos a quien ya está haciendo el trabajo antes de haber podido evaluar si lo están haciendo bien o no? Mantener al equipo no sólo es una cuestión de humanidad, es una cuestión de inteligencia.

A veces se pueden formar equipos y otras veces los equipos que te toca liderar ya están formados. Al jefe nuevo siempre se le mira con recelo porque lo más probable es que cambie algunas cosas. Hay actitudes del nuevo jefe que agrandan ese recelo y otras que lo relajan, y el primer encuentro es fundamental para marcar uno u otro camino.

Al final el dilema se reduce a una cuestión de humildad: ser capaz de reconocer que el nuevo es quien llega desde fuera y seguramente sea quien más tiene que aprender. Lo recomendaba un maestro de Carabanchel: vivir aprendiendo a escuchar.