Fue en la última semana de agosto. Tras esa primera semana de trabajo después de las vacaciones nos reunimos con mis cuñados en su casa de Vigo para pasar el fin de semana. Una de las maravillas de las Rías Baixas es lo largos que se hacen los días de verano. Habíamos acabado de cenar y aún se estaba escondiendo e sol sobre las montañas que teníamos enfrente anticipando una fresca noche de viernes.

En el jardín hablábamos mi cuñado y yo con una amiga que se había sumado a la cena. Los tres habíamos pasado nuestra primera semana después de varias semanas viajando cada uno por un rincón de Europa y reuniéndonos con los amigos de la infancia. Habíamos pasado cinco días enfrentándonos de nuevo a nuestra realidad laboral, que de una forma muy importante modela nuestra visión del mundo. Reproduzco de un modo un tanto libre las palabras de mi cuñado:

El carro de las vacas

Con todo lo que tendría que hacer que realmente puede mejorar cómo funcionan las cosas me ha pasado una semana entera repasando papeles y facturas que llevan varios meses mal contabilizadas. En lugar de estar en la partida X tienen que estar en la Y. Alguien la cagó y arreglarlo es mucho más imporante que cualquier otra cosa porque afecta directamente a la contabilidad de la empresa. Llevo todo el año con movidas así, es un maldito trabajo virtual.

Vosotros imagianos a cualquiera de nuestros abuelos, que hubiera ido ayer a segar la hierba de un prao, que hoy ya esté seca y tenga que ir a recogerla. Madruga, prepara el carro, unce los bueyes, sale con ellos camino del prao estudiando el estado del camino para la vuelta, carga el carro maximizando la hierba de la que puede tirar la pareja, coloca los manojos repartiendo el peso según las pendientes de las cuestas que se va a encontrar camino a casa, arrea a los animales de vuelta sabiéndo cuándo deben descansar y en qué fuentes pueden parar a beber, llega al pajar, suelta los bueyes y los lleva al corral, y engazo en mano descarga la hierba en el pajar.

Pues imaginaos que al acabar se asoma alguien a la puerta del pajar y dice «¿sabes qué? que la hierba que has traído… ¡era virtual!» Así me siento yo en este momento.

Tras las sonoras carcajadas llegaron las reflexiones. Trabajar con magnitudes físicas tiene muchos riesgos tanto para la salud como incluso para la propia vida. Pero al mismo tiempo nuestro intelecto de chimpancé 3.0 procesa de forma rápida la satisfacción por ver la actividad realizada. Ya sea llenar un vagón de carbón, levantar una pared de ladrillos, fregar las escaleras o cargar el carro de heno para alimentar al ganado durante el invierno.

Trabajar en una oficina tiene sin duda grandes ventajas: no hace frío en invierno ni mucho calor en verano. No te destrozas la salud rodeado de sustancias químicas peligrosas ni es muy probable que te caigan pesos encima. Pero sí que lleva implícitos algunos otros riesgos.

En la mayoría de los trabajos que tenemos los oficinistas que trabajamos en medianas y grandes organizaciones, nuestra labor por si sola no vale absolutamente para nada. No somos más que un pequeño engranaje de una inmensa cadena de procesos físicos y virtuales que sirven a un objetivo que puede ser claro a nivel teórico pero que se convierte en difuso para quien no puede alcanzar a visualizar toda la cadena de valor (que somos la mayoría).

No creo que la mayoría de nosotros estemos entrenados por la evolución para mantener el alto grado de abstracción que se necesita de forma continua para vivir permanentemente en la realidad virtual laboral. Por eso envidio a los filósofos y a los matemáticos. Como ingeniero de software a mí me ha costado casi diez años entender a qué se dedican las empresas para las que he trabajado, cuál es su negocio y cuál ha sido mi lugar dentro de la organización, la sensación de estar algo perdido no me ha abandonado todavía.

Por este motivo he pensado en abrir una categoría en el blog en el que iré comentando diversos aspectos sobre el proceso de creación del software, basado sobre todo en mi propia experiencia fundamentalmente ligada a la banca de inversión. No será la descripción de una metodología porque de eso ya hay mucho escrito, sino más bien una recopilación de las cosas que yo he aprendido. Así tendré la ocasión de contar cómo se descarga mi carro de hierba virtual.

Foto: Ayuntamiento de Barjas. León. España.